Diseñar calles desde una perspectiva solidaria
Walter Benjamin, al reflexionar sobre la ciudad moderna, describió Paseanteun personaje sin un destino claro, se centra en detalles, encuentros fortuitos y narrativas que emergen en los espacios urbanos. Esta forma de existencia urbana, moldeada por la observación y la apertura a lo inesperado, ha estado durante mucho tiempo en tensión con los ideales racionalistas y funcionalistas que guiaron la planificación urbana a lo largo del siglo XX. Las calles diseñadas principalmente para la eficiencia y el flujo dejan poco espacio para desvíos, pausas o la coexistencia de diferentes ritmos de vida.
Jane Jacobs También es una de las voces que desafía esta lógica predominantemente racionalista, argumentando que las calles verdaderamente vibrantes son aquellas que sustentan la diversidad de la vida cotidiana, los intercambios informales y las formas naturales resultantes de cuidado y vigilancia. Lo que estos autores comparten es una idea fundamental: las calles no son simplemente infraestructuras de circulación, sino sistemas socioecológicos, moldeados por las relaciones, usos y encuentros que ocurren dentro de ellas.
Colocar a la infancia en el centro de este debate amplía aún más esta lectura. si el Paseante Los niños representan la libertad de deambular, y encarnan el derecho al tiempo improductivo, a desvíos y al juego, prácticas que rara vez encuentran espacio en calles diseñadas específicamente en torno al transporte y la productividad. Diseñado desde La perspectiva de los niños. Esto no significa romantizar o infantilizar las ciudades, sino reconocer que la calidad del espacio público se mide por su capacidad para acoger diferentes cuerpos, edades, habilidades y formas de relacionarse entre sí. En este sentido, la calle se convierte también en un entorno de aprendizaje diario, donde la convivencia intergeneracional y las experiencias compartidas ayudan a construir significado y pertenencia.
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medidas como guía diseño de calles infantiles Su trabajo es reorientar el diseño de las calles. Las directrices sostienen que estas condiciones deberían convertirse en factores estructurales del diseño urbano, en lugar de tratar la seguridad, la salud y el bienestar como dimensiones adicionales. A Eduarda Aun, Responsable del Proyecto Niños de la Calle Iniciativa de Diseño de Ciudad Global (GDCI)este cambio comienza con el reconocimiento de quienes experimentan las ciudades de la manera más intensa y vulnerable. “Comencé a ver la ciudad de otra manera al observar las necesidades de los niños y sus cuidadores, que en su mayoría eran mujeres”, explicado. “Me doy cuenta de que el desarrollo de los niños, especialmente en la primera infancia, está profundamente influenciado por su entorno externo y que las calles no sólo deben ser seguras y limpias, sino también accesibles e inspiradoras”.
Este cambio de perspectiva desplaza el foco de la planificación urbana de las rutas idealizadas a las realidades cotidianas. “Mientras que los patrones de viaje tradicionales tienden a centrarse en los viajes entre casa, trabajo y casa, los cuidadores suelen hacer varias paradas a lo largo del día” Ana explicó. Este modelo expone las limitaciones de las calles diseñadas para un movimiento rápido, ignorando a menudo los ritmos fragmentados de cuidado, habitabilidad e interacción social. En este contexto, el juego deja de ser un uso residual del espacio público y se convierte en un indicador de calidad urbana.
El juego debe ser amigable para los cuidadores. Las largas distancias, la falta de tiempo o una infraestructura inadecuada dificultan acompañar a los niños en lugares públicos. Mientras diseñemos calles más seguras, más diversas y más inspiradoras, las rutas cotidianas pueden ser grandes oportunidades para que los niños jueguen de forma espontánea y desarrollen sus propias habilidades. ——Edwarda Ana
Este enfoque permite a la gente ver que decisiones aparentemente técnicas –como el ancho de las aceras, la velocidad de los vehículos o la presencia de árboles y mobiliario urbano– tienen profundas consecuencias para el desarrollo infantil, la salud pública y las relaciones sociales. Las calles con mucho tráfico, baja diversidad espacial y mala calidad ambiental reducen las oportunidades de juego, caminata e interacción. “Las calles donde los niños no pueden jugar con sus vecinos provocan estilos de vida más sedentarios, niños socialmente aislados y menores niveles de autonomía” Arne señaló.
En la práctica, este enfoque conduce a intervenciones que a menudo son simples pero muy efectivas. Por ejemplo, cerrar calles frente a las escuelas ha demostrado ser una estrategia poderosa para reactivar los espacios públicos en ciudades de todo el mundo, incluidas París, Barcelona y Lima. Al restringir el tráfico de automóviles, las intersecciones peligrosas pueden transformarse en espacios para la socialización, el aprendizaje y el uso colectivo, lo que beneficia no sólo a la comunidad escolar, sino a la comunidad en su conjunto.
La experiencia demuestra que cuando los espacios se diseñan empezando por los más vulnerables, en general se vuelven más inclusivos. Al dar prioridad a los niños, las ciudades crean las condiciones para la interacción intergeneracional, fortalecen los lazos comunitarios y amplían el sentido de pertenencia. No sorprende que muchos de estos proyectos hayan alcanzado altos niveles de reconocimiento público y hayan ayudado a coordinar diferentes departamentos del gobierno local en torno a objetivos comunes.
A nivel institucional, este enfoque también guía el trabajo de GDCI. “Nuestra misión es inspirar a los líderes, informar a los profesionales e invitar a las comunidades a reinventar sus calles en torno a las personas” dijo Arne. Además de brindar asistencia técnica a los gobiernos locales, la organización desarrolla guías, herramientas y series de seminarios web para ampliar el alcance de estas experiencias, resaltar ejemplos exitosos y fortalecer el movimiento global para humanizar las calles.
La infancia también se ha convertido en un punto de entrada estratégico a debates más amplios sobre el clima y la resiliencia urbana. Rediseñar las calles para reducir la velocidad de los vehículos, fomentar los viajes activos y ampliar las zonas verdes, al tiempo que ayuda a reducir las emisiones, adaptarse a las olas de calor y mejorar la calidad del aire. Al mismo tiempo, involucrar a los niños en el proceso de escucha e implementación puede aumentar la receptividad pública al cambio y fortalecer la capacidad de los espacios públicos para servir como un bien colectivo. En esencia, diseñar calles desde una perspectiva solidaria es un ejercicio de imaginación urbana compartida.
El discurso público está demasiado centrado en “yo” y “ahora”, mientras que los niños nos obligan a pensar en “nosotros” y “el futuro”. Cuando damos prioridad a los más vulnerables, todos se benefician. ——Edwarda Ana
Al repensar las calles en torno a las necesidades de los más vulnerables y cambiar su función de mera infraestructura de circulación a lugares de reunión, aprendizaje y convivencia, se volverán más accesibles, diversas y capaces de sustentar la vida diaria. Ver calle A través de la lente del cuidado, se convierte en una forma de reconstruir el espacio público como un bien colectivo: un territorio donde diferentes generaciones pueden moverse, permanecer y conocerse, y donde la ciudad está moldeada por la diversidad de las personas que la habitan.
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