Schiller planea dejar que la naturaleza (y los olivares) den forma a los hogares en el desierto de California
Las habitaciones de la planta baja exhiben una serie de compresiones y liberaciones, que culminan en una sala de estar de doble altura con un área de conversación tapizada con una tela en tonos chile que recuerda a una alfombra de la Escuela de Arquitectura de Yale. “Los muebles simplemente no encajaban”, admite Schiller, por lo que casi todo está empotrado, como si hubiera surgido de la roca. “No creo que haya un momento en esta casa en el que no tengas una experiencia arquitectónica o espacial”, dijo Schiller.
Tomemos como ejemplo la cocina, donde la luz del sol se mueve sobre la isla durante todo el día gracias al tragaluz de arriba. En la pared cuelga uno de los murales de Reeves, un mapa abstracto del viento y el terreno entrelazados con coyotes y codornices, y una pintura de su hija que representa los cactus, los columpios y las chimeneas de la finca; todas imágenes que él llama “el mito del lugar”. En cambio, el segundo piso se centra en los ritmos más tranquilos de la vida familiar, con camas hechas a mano por Rives y una ducha que, en palabras de Sonny, mira hacia “la inmensidad del cielo, las nubes, los colores del cielo y la tierra”. La terraza de la azotea ofrece sus propias vistas panorámicas. “Cuando era niño, salía por la ventana y me sentaba en el techo, pensando que si construía una casa, podría sentarme en el techo”, recordó Rivers. Ahora, a menudo camina a través de esos tragaluces con su esposa y su hija y observa las estrellas girar en lo alto.


