UNA CARTA DE AMOR DESDE VENECIA: LOS PABELLONES LATINOAMERICANOS DE LA BIENAL
Vuelo a ese pequeño archipiélago a ver el sínodo de exposiciones agrupados bajo el título Bienal de Venecia. Es verdad que en anteriores ocasiones he sido muy crítico, muy ácido, con muchas de las muestras de las pasadas bienales. La explicación es que en este evento se acumula mucha creatividad, pero también, una gran dosis del veneno que más daño provoca al mundo del arte contemporáneo: la corrupción. El pudrimiento del cuerpo y del espíritu.
En tiempos tumultuosos, hay días de lucha, de acción, días de reflexión, y días en los que me refugio en la cultura. Una dura mañana de octubre, sin saber si iba a servir de algo o no, fui al cine. Vi Digger (Alejandro González Iñárritu, 2026).
Cuando, en la película -es una obra de teatro dentro de la película-, los actores salen al escenario a recibir los aplausos de todo el público, espectadores de todas las edades, me entraron ganas de unirme a la ficción, levantarme de la butaca y aplaudir. Pero no lo hice. Me acurruqué en mi asiento y lloré. Lloré de alegría, de placer, de alivio. Entendí el mensaje de ese gesto, y del esfuerzo de esos actores que, pese a trabajar en una época terrible -situada en un asfixiante futuro-, y pese a los propios conflictos que tienen entre ellos, se vuelcan en su pasión. La cultura nos junta a todos, seamos rojos o azules. Nos ameniza, nos estimula, durante el tiempo que dure la experiencia. Pase lo que pase fuera de las puertas de la sala de cine (o de teatro, o de arte, o de música…).
Con todo esto en la cabeza vuelo a ese pequeño archipiélago a ver el sínodo de exposiciones agrupados bajo el título Bienal de Venecia. Es verdad que en anteriores ocasiones he sido muy crítico, muy ácido, con muchas de las muestras de las pasadas bienales (como en el 2013, en el 2015, en el 2017, en el 2022, o en el 2024). La explicación es que en este evento se acumula mucha creatividad, pero también, una gran dosis del veneno que más daño provoca al mundo del arte contemporáneo: la corrupción. El pudrimiento del cuerpo y del espíritu.
En la médula de ese elitismo rococó que tan bien se encubre en los palacios italianos, se abrazan las depravaciones institucionales. En lo baños de mármol, si uno se fija, se ven los glory holes por donde lo público estimula a lo privado, y en los retretes fluyen las ansiedades de los artistas más solipsistas del mundo capaces de vender su libra de carne a cambio de mostrarla en la vitrina. Los curadores van en góndola, agachan la cabeza al atravesar el puente de lo ético mientras le cantan la Traviata a los agregados culturales. Todos se olvidan de lo que puede pensar, o sentir, aquel que paga las facturas. El espectador, ese que mira embobado desde la fondamenta.
Pero este año, alimentado por el banquete eléctrico de Digger, vengo a peso ligero. Y me concentro en las vibrantes y brillantes experiencias que he vivido aquí en el pasado. En lo que he crecido, y me he elevado, gracias a ellas. No sé si veré propuestas de tanta calidad en esta Bienal de Venecia, da igual. Haya o no artistas acertados, artistas desnortados, artistas equivocados, artistas desamparados. Todos ellos han hecho algo que quizás signifique algo para otra persona. Y a todos ellos, a vosotros, a vosotras, artistas, os escribo esta misiva.

Queridos y queridas artistas. Os amo con toda mi alma. Siempre os he amado, y no en secreto. Sé que no es recíproco. Me es indiferente. El placer, el entretenimiento, la emoción que me habéis provocado a lo largo de los años, con permiso de Shylock, no tiene precio.
Gracias a vosotros, he permanecido durante minutos, horas, días, ensimismado en una obra. Ajeno a la decadencia, e incluso al paso del tiempo. Envuelto en una nube de pensamientos, de emociones, de persuasiones que me han hecho entender y apreciar mejor el rompecabezas en el que estamos atascados en vano. O, simplemente, que me han entretenido, lo que no es poco.
A veces creo que cuando pensáis o hacéis una obra de arte lo que estáis pensando o haciendo, de manera furtiva, es escribirnos una carta de amor. Así que en vez de quejarme tanto de la Bienal de Venecia, debería juzgarla como un San Valentín de 197 días.
En aquellas creaciones que pensáis o hacéis en las que se plantea una obra abierta, lográis que nosotros, los espectadores, durante lo que dure el sortilegio, nos creamos nosotros mismos artistas. Cómo agradecerlo, no hay palabras. Hay lágrimas de reconocimiento.
Y en lugar de odiar a todos los millones de personas que no votan como yo, me ha dado por amarlos también. Como si también ellos fueran artistas.
Cerca de la Plaza de San Marcos compré una postal y, embriagado por este romanticismo, le escribí también una carta de amor a mi hijo Max, que aún es demasiado pequeño para entender mi mensaje, y lo leerá cuando sea más grande, -en un asfixiante futuro-, y todo esto forme parte del flotante ayer.

Only Indians Ever in Venice
El 14, 15 y 16 de abril de 1890 unos nativos americanos fondearon en Venecia embarcados dentro de un espectáculo llamado la gira europea Buffalo Bill´s Wild West. Jefes de la comunidad Lakota (Sioux), entre ellos los jefes oglala Chief Rocky Bear y Chief Black Heart, comandados por el mismísimo William Frederick «Buffalo Bill» Cody. Se mostraban y los mostraban como exóticos indios, denominados así por causa de aquel rostro-pálido que se perdió en su viaje a las Indias unos 400 años antes. En fin. Que estos indígenas norteamericanos provocaron el asombro de los venecianos mientras ellos mismos se asombraban con los venecianos, y se sabe por las crónicas de la época que comieron pescado frito, y que Cody comparó a los duques de Venecia (que mandaron sobre las islas entre los años 726 y 1797) con los presidentes de Estados Unidos. Tomaron varias fotografías de los miembros de la tribu en góndola, frente a palacios y entre canales, y en una de ellas, alguien escribió “Only Indians Ever in Venice” (lo únicos indios que han estado en Venecia).
Me pregunto acerca de los artistas que muestran en los pabellones latinoamericanos en esta bienal. ¿Habrán sido expuestos para asombro de los rostros-pálidos del 2026, en un ejercicio de exotización similar al del Buffalo Bill´s Wild West, como ocurrió en la curaduría de Adriano Pedrosa de la edición anterior? ¿O efectivamente fueron los Sioux los únicos indios que han estado en Venecia?



Brasil
Comigo ninguém pode, curada por Diane Lima, cuenta con obras de Rosana Paulino y Adriana Varejão. La fachada del edificio aparece plagada de una invasión de cápsulas-nido, como si hubiera sido atacada por un virus. Lo aparentemente orgánico fricciona con una posibilidad tóxica, pero también con la idea de la transformación y la vida. Los trabajos se integran a la arquitectura de manera brillante, aguda, y con la intención de repensar el pasado colonial brasileño. A pesar de que hay algunas piezas que no dialogan de una manera tan adecuada -lo que conlleva que a veces se siente, más que como una curaduría unitaria, como una exposición doble-, la alegoría del mundo natural como metamorfosis es muy sugerente, vinculada a la herida de la historia nacional y a la capacidad de resistencia.

Uruguay
El pabellón uruguayo siempre se ha identificado por generar propuestas poéticas que juegan con el espacio expositivo, y en este caso no ha sido menos. La sala se convierte en un descampado distópico en ruinas, testigo de accidentes y derrumbamientos. Antifragile, de la artista indispensable Margaret Whyte, introduce al espectador en esa narración abierta, cuya atención recae en una pieza escultórica que cuelga del techo compuesta por volúmenes entretejidos, como una gran bola de residuo superviviente de un apocalipsis industrial. Aunque esta obra se eleve sobre el suelo, el conjunto no logra conmover, algo en lo que no ayuda el texto curatorial de Patricia Bentancur, combinación de artículo de promoción y abstracta jerga especializada.



Cuba
Los bustos Hombres Libres / Free Men de Juan Roberto Diago Durruthy hablan sin decirlo de cimerronaje. Son estatuas erigidas de jirones, de detritus y de elementos abandonados. Soluciones hechizas que deslizan una crítica a la pobreza endémica de la isla a la vez que recopilan historias de migraciones y del pasado africano. Una multitud ciega que se enfrenta a los ojos bien abiertos de los espectadores, aquellos que reparen en detalles como la aparición no casual, entre los residuos reciclados, de fragmentos de latas de la marca Castrol, empresa de lubricantes tan estrechamente ligada a Cuba desde su llegada en 1954. En resumen, el pabellón cubano no es tan simple como en primera instancia pudiera parecer, ni desde luego complaciente con el pasado y el presente del país que representa.

El Salvador
Otro nuevo caso de un pabellón confundido con una exposición de embajada. Y en verdad es lamentable en casos como este, en el que, por primera vez en su historia, El Salvador tiene pabellón individual. Cartographies of the Displaced, de José Oscar Molina, es un conjunto de esculturas blancas -muy blancas- ubicadas en un jardín en la entrada de un palacio, el Palazzo Mora. Unos conos irregulares coronados por cabecitas, acompañados por “Mochila de deseo”, una invitación al público a escribir en un papel “una historia de migración, un recuerdo, una voz, un pensamiento” y meterlo en una mochila. Cosa que yo hice: escribí “Por favor, José Oscar Molina, haz que tus obras migren al lobby de algún hotel”. Y mi deseo se cumplió, pero en el pasado: su propuesta ya ha sido ubicada en un lobby de un hotel. Aquí no sólo no encaja tan bien, sino que se le ha pretendido inflar con un discurso participativo, social y político, ante lo cual, las obras enmudecen. Como si fueran estatuas.


Ecuador
El pabellón ecuatoriano, sin embargo, si propone algo de contenido político y poético bien trabajado y que se identifica con el pasado, el presente y el futuro de su país. Tawna & Oscar, es decir, el colectivo Tawna y el artista Oscar Santillán, con curaduría de Manuela Moscoso, se basan en el quiebre entre el mundo natural y el mundo espiritual, indagando en cuestiones de género y en la cosmovisión indígena. Entrelazando el conjunto de piezas materiales y audiovisuales, la pérdida del lenguaje tras la llegada de los conquistadores. El resultado es sugerente, juguetón -hay sentido del humor- y emotivo, y si bien algunas de las obras presentadas por Santillán se resienten en el conjunto, la experiencia es gratificante y estimulante, introduciendo al espectador, gracias a la museografía, en un espacio íntimo, recogido, que predispone a la empatía con lo que se acoge en términos físicos e intelectuales.



Guatemala y Granada
Empecé este texto con una carta de amor a todas y todos los artistas. Todas y todos. Pero es que, Elsie, tú me lo pones tan, pero TAN DIFÍCIL. Quizás deba profundizar y dar mayor contexto en este caso.
Acudir al pabellón de Guatemala es, para el público, un deporte de riesgo desde hace décadas. Convulsiones, escalofríos, diarreas, mareos, regurgitaciones, espectadores que entran en combustión espontánea tras haber sido vistos hablando en lenguas muertas; un cuadro clínico asombroso. El origen de los males es la pasmosa falta de calidad de las obras de arte allí expuestas. Y este año se han superado. Esculturas horrendas, pinturas siniestras e infernales, fotografías espeluznantes. Toda una oda a la vulgaridad más inmunda.
Elsie Wunderlich campa a sus anchas por la Bienal de Venecia; es como cuando Pablo Escobar recorría Medellín a cara descubierta. Elsie ha sido curadora o artista -muchas veces ambas- del pabellón de Guatemala los años 2015, 2017, 2018 -de arquitectura, lo mismo da-, 2019 y este 2026[1]. Un pabellón en el que también aparecen en su curaduría otros dos nombres en repetidas ocasiones: el noble celebrity Daniele Radini Tedeschi y su pareja (o expareja, hay que seguir la prensa amarilla), Stefania Pieralici (que curó en el 2011 una exposición con pinturas del artista Daniele Radini Tedeschi, titulada Trash -basura-, y que co-curó con Elsie Wunderlich el pabellón de Guatemala del 2015, que tenía también obras de Elsie Wunderlich).
El presente pabellón de Guatemala se llama Las invisibles, un título que es lo único acertado de la exposición: no se puede ver. Cuenta con la participación de Luana Bottallo, Jorge Chavarría, Manuel Navichoc, Ana Lorena Nuñez, SOY artistic group, ARKEO, y la propia Elsie -como no-. Casi todos ellos han estado ligados en proyectos previos de Radini Tedeschi. Recordaré vuestros nombres, olvidaré vuestras acciones.
Los que se están riendo pueden pensar que me lo tomo con humor, pero no. Esto es una trama corrupta. Esto es un casino. Esto es un todo por la pasta, y no estoy hablando de tortellini. Que aquí se mueve dinero bajo la mesa, no me cabe ninguna duda. Pero lo más flagrante es que es una vergüenza para el país, en mi opinión, que está produciendo un arte contemporáneo de mayor nivel en la actualidad a nivel internacional. Para el espectador que viene a conocer el trabajo de los artistas guatemaltecos a la Bienal de Venecia ver esto es un oprobio. No se debería tolerar ni una vez más.
La responsable última tiene nombre y varios apellidos: Liwy del Carmen Immacolata Grazioso Sierra, la ex ministra de Cultura de Guatemala que comisionó el pabellón. Conocida por sus constantes irregularidades, como la compra de armas con contratos millonarios adjudicados a empresas de familiares.
El pabellón de Guatemala comparte techo con el de Granada, que es una mierda aún más grande, curada por, otra vez, mi amigo Daniele Radini Tedeschi, a quien le deseo de corazón que, si quiere volver a alguna isla, sea o a la de los famosos, o a la de Montecristo. A Venecia, basta, per amor di Dio.


Chile
Inter-Reality es un mundo en miniatura alojado dentro de un pabellón, un meta-universo al que únicamente se accede por unas mirillas horadadas en un poliedro irregular que se asemeja a una nave espacial. Y en rigor lo que acoge es un cuento distópico de ciencia-ficción al que nos tiene acostumbrados Norton Maza, una fábula en la que escenas bélicas se suceden en un futuro conflictivo. Hay citas al catolicismo, al capitalismo y a la crisis ecológica, así como guiños a la historia del arte medieval. Todo ello para proponer una obra crítica en la que también hay humor, por mucho que la equivocada música ambiental, como de película de suspense, trate de dirigir las emociones del espectador. Sin ser el mejor trabajo de Maza -y a pesar del pretencioso y casi ilegible texto curatorial firmado por Marisa Caichiolo y Dermis Pérez León-, es una instalación sólida y sugerente, que seguro permanece en la memoria del público de la Bienal.

México
Las figuras precolombinas abandonan la cerámica y la madera y se convierten en individuos de carne y hueso. Dos personas desnudas visibilizan esa transformación para practicar una coreografía delicada e íntima, proyectadas sobre dos telas transparentes. En el suelo del pabellón, un río-serpiente de sal zigzaguea, un meandro sobre el que reposan recipientes cuya estética es una reimaginación de culturas ancestrales centro y norteamericanas. Los Actos invisibles para sostener el universo, concebidos por el dúo RojoNegro (María Sosa and Noé Martínez), genera un espacio de sosiego, incluso de meditación, que por momentos parece un anuncio de colonias (decolonial), y en otros, logra proponer un espacio disruptivo de gran belleza. La muestra mexicana se balancea entre uno y otro extremo.

Argentina
Matías Duville nos introduce, físicamente, en una de sus pinturas, proyectada sobre el suelo y convertida en una experiencia tridimensional, con, como en el caso mexicano, la intención de sugerir un recorrido de luces bajas, leve, pausado y sugestivo. En Monitor Yin Yang el espectador se convierte en un personaje dentro de una obra de arte. Igualmente incorpora la sal como sustrato, en este caso, como escenografía transitable. Sobre montículos y valles blancos de sal, el artista ha dibujado, con carbón molido, figuras y paisajes habituales en su producción: acontecimientos en proceso que remiten al extractivismo y a la pérdida del espacio natural. Monitor Yin Yang se acompaña de una instalación audiovisual que reproduce un sistema de seguridad interno, convirtiendo al público en vigilante y en vigilado, y con una música ambiental que traduce los datos ambientales de Venecia en tiempo real en sonidos que, si estás predispuesto a ello, se integran a la experiencia de manera orgánica. El resultado es persuasivo, configurando un pabellón memorable que sintoniza con el propósito de la curaduría general de la Bienal.


Perú
Sara Flores viene del espacio exterior, dice el título del pabellón peruano (From Other Worlds), cuando los que realmente vienen de fuera de la comunidad de origen de la artista, Shipibo-Conibo, son los curadores de la propuesta, Issela Ccoyllo, Matteo Norzi. Me pregunto si es aquí, en esta participación, cuando me topo con “la única india expuesta en Venecia”, a tenor de la polémica que ha rodeado la curaduría foránea de Norzi, alguien que fue acusado de maltrato por parte de la artista Shipibo-Conibo Chonon Bensho. Sea como fuere, la exposición denota esa mirada “desde fuera”. Como bien señala Alfredo Villar, se producen ciertas contradicciones epistemológicas, como la adaptación de los diseños de Flores en una bandera, elemento poco conciliable con la idiosincrasia Shipibo-Conibo. A pesar de estos obstáculos, seré honesto: disfruto de las obras de Sara Flores, un imaginario colorido y vibrante en el que, si posas tu mirada el tiempo suficiente, verás como de entre el entramado de líneas y figuras comienzan a volar y a reptar por entre los laberintos de vegetación seres que provienen de la iconografía de esta artista tan audaz.



Panamá
En el pabellón de la discordia donde Chile expuso en la edición de la anterior Bienal, es decir, a la chucha, se exhibe este año el de Panamá. Esta vez merece la pena la caminata. Tropical Hyperstition es una propuesta trabajada, con una sólida investigación detrás, y una solución estética y material variada y de calado. El Canal de Panamá es una de las obras de ingeniería más épicas de la historia, pero detrás de esa ciclópea empresa, hay una historia, menos conocida, de exilios y migraciones, pueblos evacuados, explotación laboral y dominio estadounidense en suelo extranjero. Antonio José Guzmán forma dupla con Iva Jankovic para concebir una muestra de varias fases y con varias facetas, siendo la principal una gigantesca hamaca, como invitación de descanso para la atribulada y monstruosa historia convulsa aludida. Las imágenes fantasmagóricas de ese pasado agitado son fotografías impresas sobre tela, instantáneas que testimonian las vidas de quienes fueron afectados por la construcción de la vía interoceánica. Los antepasados de origen africano de Guzmán justifican la aparición de la iconografía Adinkra en los trabajos textiles. El pabellón está bien contextualizado, gracias a la labor curatorial de Ana Elizabeth González y Mónica Kupfer, quienes han configurado el que es el mejor pabellón latinoamericano de la Bienal.

Estados Unidos de Latinoamérica
He decidido unilateralmente considerar a Estados Unidos como país, desde ahora, latinoamericano, considerando que uno de cada cinco ciudadanos es latino, y que dicha población sigue en aumento año tras año -también he decidido renombrar a Times Square Plaza Bolívar, y al Washington Park, el Parque Chavo del 8-. El pabellón del país latinoamericano Estados Unidos contiene obras de Alma Allen, artista escogido digitalmente -a dedo- por el curador naranja Donald Trump. Otros críticos ya han dictado sentencia: es el peor pabellón de Estados Unidos de su historia. Ánimo Trump. Este año no pudiste comprar el Nobel de la Paz, pero siempre te quedará el León de Oro.
[1] En el 2019 Guatemala acudió a Venecia con un artista italiano, Marco Manzo, una curadora italiana, Stefania Pieralice, y Elsie Wunderlich. En el 2018, Daniele Radini Tedeschi y Stefania Pieralici curaron a, de nuevo, Marco Manzo y Elsie Wunderlich, entre otros artistas. En 2017 el pabellón de Guatemala contaba con la presencia de dos artistas italianos, Andrea Prandi y Erminio Tansini, un curador italiano, Daniele Radini Tedeschi, y de nuevo, Elsie Wunderlich. En el 2015, otra vez, repleto de artistas no guatemaltecos (Emma Anticoli Borza, Sabrina Bertolelli, Max Leiva, Pier Domenico Magri, Adriana Montalto, Paolo Schmidlin, Elsie Wunderlich y Collettivo La Grande Bouffe), curado por curadores no guatemaltecos (Stefania Pieralice nuevamente, Carlo Marraffa y Elsie Wunderlich), y titulado en lengua no guatemalteca (Sweet Death).
