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SUR O NO SUR: EL POTENCIAL DE LA NATURALEZA EN EL 1ER FESTIVAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO DE VALDIVIA

El paisaje fluvial y la exuberancia natural de Valdivia definen buena parte de su producción artística, pero también abren preguntas sobre los límites y las posibilidades de una escena cultural que busca proyectarse más allá de sus fronteras. A propósito de su primera edición, el Festival de Arte Contemporáneo de la ciudad ofrece una ocasión para mirar sus tradiciones, reconocer nuevas prácticas y preguntarse qué futuro colectivo puede imaginar el arte desde el sur.


La obsesión valdiviana por la naturaleza es inevitable. Los arbustos se asoman entre el cemento, los edificios no pueden superar cierta altura porque el suelo se hunde en humedales, y basta caminar unos pocos minutos en cualquier dirección para encontrarse con la frondosa selva que envuelve la vista con su asombrosa biodiversidad. Frente a los nueve metros cuadrados de área verde por persona que recomienda la Organización Mundial de la Salud para las ciudades, en Valdivia se superan los 19 metros cuadrados por persona. Pero los datos duros no expresan la fuerza ontológica con que el paisaje natural afecta a quienes habitan su territorio. Para eso es mejor el arte.

Ya lo decía la recientemente premiada autora Nina Avellaneda en una entrevista para la revista Los libros después de la peste: “En Valdivia las personas no son protagónicas, los árboles y los ríos son más ciudad que las personas. El paisaje se lo come todo”. Ese paisaje es también el punto de partida del 1er Festival de Arte Contemporáneo de la ciudad, realizado entre el 29 de septiembre y el 6 de octubre, nacido al alero del Programa Los Ríos Territorio Visual —impulsado por la Seremi de las Culturas, las Artes y el Patrimonio —, que a lo largo de siete años ha fortalecido las artes visuales en la Región de Los Ríos.

La pequeña urbe del sur de Chile pareciera tener una tendencia a los festivales. Sus circuitos de puentes, costaneras, ferias fluviales, ríos y parques son una geografía ideal para recorridos y un ambiente que estimula la colectividad, el intercambio de ideas y el tan preciado networking. A lo largo de las distintas exposiciones, laboratorios curatoriales, mesas de trabajo, charlas y presentaciones de libros, las caras se repiten.

Naturaleza y más naturaleza. La exposición central del festival, curada por Ignacio Szmulewicz y Gabriela Urrutia, presenta cuatro obras basadas en la experiencia de la residencia Cuencas, en la cual, durante una semana de la primavera del 2025, artistas y curadores recorrieron el río Valdivia desde su nacimiento en la cordillera hasta su desembocadura en el mar. Mediante visitas a archivos, museos y centro culturales, y conversaciones con comunidades y expertos, los residentes pudieron empaparse de la naturaleza del territorio. Los resultados se exhiben en cuatro puntos del campus de los museos de la Universidad Austral de Chile (UACh).

Roberto Nieri, Bitácora de viaje, 2026. Galería Réplica, Valdivia, Chile. Foto: Constanza Rutherford
Roberto Nieri, Bitácora de viaje, 2026. Galería Réplica, Valdivia, Chile. Foto: Constanza Rutherford

En la Galería Réplica, Roberto Nieri (1986), periodista, documentalista y poeta, imita la línea descendiente del río (o quizás las curvas de las montañas) a través de un largo pliego donde distintos dibujos, acuarelas y escritos resaltan momentos, pensamientos y sensaciones de la deriva fluvial. La obra resuena con el mítico rollo de Jack Kerouac, en el que escribió la primera versión de su clásica novela On the road publicada en 1957: 36 metros de papel que facilitaron su prosa espontánea, sin pausas, inspirada en el flujo de conciencia continuo de los viajes.

Resuena también con El rollo de Chile Chico (2004) del escritor valdiviano Pedro Guillermo Jara (1951-2019), donde este aprovechaba la forma de los rollos bíblicos del Mar Muerto para fantasear sobre el pasado y el futuro de la Patagonia y sus habitantes. Tiene sentido que a Roberto Nieri le guste entender su obra Bitácora de viaje como una especie de publicación alternativa, un libro de artista que se extiende por las alturas y extremidades de la sala.

José Martínez, Vestigios de la ribera, 2026. Museo de la Exploración Rudolph Amandus Philippi de la UACh, Valdivia, Chile. Foto: Fabiola Pontigo

La casona donde hoy funciona el Museo de la Exploración Rudolph Amandus Philippi de la UACh fue trasladada de su locación original entre 2005 y 2006, mediante el desarme de 80 mil piezas que luego se reconstruyeron como un rompecabezas gigante en su ubicación actual. José Martínez (1996), artista, performer y poeta, refleja esta hazaña con su obra Vestigios de la ribera, donde dispone 80 tablas con la forma de la planta de una de las clásicas cabañas de vivienda social del barrio de la Teja obrera, con un imponente nido al centro como símbolo del hogar.

El régimen de verdad del museo aparece deconstruido por la memoria doméstica presente en la madera, donde ha inscrito diversas palabras con pirografía: polillas, pieza, tarro de leche, lluvia, autitos, embarazo, allegados, ventana, fracasos, velador, cajones, hambre, borracho.

Vista de la exposición Cuencas. Foto: Fabiola Pontigo
María Hurtado, Ser puente, 2026. Vista de la exposición Cuencas, Museo Histórico Antropológico Maurice Van de Maele, Valdivia, Chile. Foto: Fabiola Pontigo

Al interior del Museo Histórico Antropológico Maurice Van de Maele, la artista multimedial y poeta María Hurtado (1992) ha montado Ser puente, el punto alto de la exhibición principal. De un lado se muestran fotografías de la residencia capturadas a través de una cámara oscura estenopeica artesanal, tecnología precursora de la fotografía, que demuestra ser ideal para evocar los espíritus del paisaje austral. Lejos del registro documental exacto o en alta definición, las imágenes del río aparecen cubiertas por una atmósfera fantasmagórica y onírica, que se acerca al territorio desde abstracciones sensibles.

Del otro lado de la sala, en un contraste radical, la artista invita a conversar por chat con una inteligencia artificial que encarna la voz del río, basada en 38 entrevistas a personas vinculadas a distintos puntos de la cuenca. El río habla como una voz colectiva, una entidad viva y relacional hecha de relatos, memorias e imaginaciones poéticas. La naturaleza sirve de excusa para explorar las amplitudes de la historia de la tecnología.

Obra de Constanza Garrido. Vista de la exposición Cuencas, Centro Cultural La Leñera, Valdivia, Chile, 2026. Foto Fabiola Pontigo

Finalmente, en el Centro Cultural La Leñera, la diseñadora y artista Constanza Garrido (1986) ha montado una carpa traslúcida hecha de múltiples bolsitas plásticas donde 200 niños y jóvenes fueron guardando objetos pequeños recogidos a orillas del río, guiados por los elementos de agua, aire, fuego y tierra. Hojas, pedazos de telas, plásticos y basuritas de diversos colores conforman un gabinete de curiosidades que muestra las distintas formas que acompañan al río y que, en conjunto, constituyen una obra de autoría colectiva, reforzando la idea del río como gatillador de relaciones.

Los valdivianos están enamorados de Valdivia. Durante el año 2024, el historiador del arte Ignacio Szmulewicz curó la exposición Santuario en el Centro Cultural Palacio Pereira, ubicado en pleno centro de la capital chilena, una retrospectiva del arte contemporáneo en Valdivia desde los años 80 hasta la actualidad. En ella, proponía pensar sus múltiples formas a partir de la oficialización, en 1981, del ecosistema de humedales formado tras el terremoto de 1960 como santuario de la naturaleza.

La naturaleza, planteaba, es un “campo de tensiones políticas, sociales y académicas (…), un espacio simbólico en disputa, plagado de ruinas modernas y delirios posmodernos”. Notables ejemplos históricos como la revista Caballo de Proa, el taller de grabado La Ventana, la editorial Kultrún, los grupos de poesía Trilce e Índice, el Instituto de Artes Plásticas de la UACh, el dúo musical Schwenke y Nilo, los festivales artísticos por donde circulaban nombres como Gabriela Guzmán, Jorge Torres, Carlos Fischer, Mariana Mathews, Clemente Riedemann, Germán Arestizábal, Víctor Ruiz Santiago, Maha Vial o Ricardo Mendoza, entre muchos otros, dan cuenta de una potente tradición cultural que hoy encuentra nuevos cauces.

Apertura de la residencia. Foto: Constanza Rutherford

Gracias al Festival, ese legado se conecta con el presente. El Programa Público comienza con el encuentro de estudiantes y egresados de artes organizado por la Comisión Cultural Estudiantil de la UACh. En ella, distintas egresadas intentan dar luces, a partir de sus trayectorias personales, sobre las posibilidades laborales del área. Abundan las experiencias como mediadoras, talleristas de oficios y gestoras culturales; se insiste en la necesidad de continuar especializándose con estudios de posgrado y de generar redes de colaboración, pero queda en el aire una sensación pesimista de que, en el sur de Chile, cuesta seguir dedicándose a producir obras después de egresar de la universidad. La vieja lucha desgastante por vivir del arte. Roberto Nieri escribe en una de sus hojas: “¿Qué es el arte? / El arte, cagarte de frío / Helarte”.

En paralelo, tres laboratorios convocan a la comunidad artística local. Constanza Güell, directora del Festival de Artes Verdes de Puerto Varas, explora los nuevos paradigmas de la gestión cultural; Miguel Braceli, arquitecto y director de la plataforma La Escuela, suma perspectivas internacionales sobre las relaciones entre arte y comunidad; mientras Ignacio Szmulewicz esboza en su laboratorio curatorial las imaginaciones del sur del mundo presentes en el arte. Menciona las estéticas del fin ante la inminente crisis climática, la idea del agua como un portal, la metáfora de la orilla, el activismo medioambiental y la lejanía de la capital que permite perder el centro y revuelve a los artistas del sur en infinitas mezclas de disciplinas o, como suelen decir en la zona, indisciplinas. Alude a los viejos imaginarios coloniales que veían el sur como una frontera a explorar. Recuerda al Werner Herzog de la cinta Grito de piedra de 1991, maravillado por la naturaleza indómita de la Patagonia, repitiendo los ideales románticos de lo sublime.

Laboratorio Arte y Comunidad. Foto: Constanza Rutherford

¿Es posible hacer arte en Valdivia sin hablar de naturaleza? ¿Es posible hablar de naturaleza sin recurrir a los clichés idealistas de la madre sabia ante la cual debemos agacharnos humildemente para aprender? Vale la pena recordar también al Herzog del documental Burden of dreams, durante la infernal filmación de Fitzcarraldo en la profundidad de la selva amazónica, cuando antagonizaba con su delirante colaborador y enemigo Klaus Kinski: “Kinski siempre dice que [la selva] está llena de elementos eróticos. Yo la veo más bien llena de obscenidad. Veo fornicación, asfixia, luchas por sobrevivir y simplemente pudrirse. La naturaleza acá es vil y baja. Los pájaros no cantan, chillan de dolor. Y nosotros, en comparación, solo sonamos como frases mal pronunciadas y a medio terminar, sacadas de una estúpida novela barata suburbana. Incluso las estrellas aquí arriba, en el cielo, parecen un desorden. Tenemos que acostumbrarnos a la idea de que no hay armonía en el universo, tal como la hemos concebido. Pero cuando digo esto, lo digo con total admiración por la selva. No es que la odie. La amo muchísimo. Pero la amo en contra de mi mejor juicio”.

Sur o no sur, esa es la cuestión. En la búsqueda de afectividades y comunidad, no se debe dejar de lado el inmenso potencial del arte contemporáneo para incomodar, generar choques y revelar desacuerdos. El peligro está en que los mismos círculos de siempre se cierren sobre sí mismos, en que el arte valdiviano no pueda salir de la Universidad hacia los barrios y las diversas comunas que también constituyen la región, en que el arte contemporáneo persista en ser una burbuja donde unos pocos se reúnen a conversar con gente que piensa igual que ellos.

Encuentro ¿qué bienal soñamos para el futuro de la escena regional?. Foto: Constanza Rutherford

Durante las actividades de cierre, el martes 6 de octubre, se exhibieron obras basadas en la residencia Agua/Cielo: Portales de mundo, realizada a inicios de septiembre de este año y curada por la directora de contenidos de la Fundación Mar Adentro, Maya Errázuriz. Palabras dibujadas sobre agua, circuitos de pozas, tipografías basadas en las formas del río y cereales de trigo que cartografían recuerdos abren el paso a la segunda versión del festival.

Días antes, el sábado 4 de octubre, otro rollo se extendía en el Centro Cultural La Leñera. En él, se invitó a los participantes a responder a la pregunta “¿qué bienal soñamos para el futuro de la escena regional?”. El elefante blanco del Museo de Arte Contemporáneo de Valdivia ronda como un fantasma por las conversaciones, con la promesa de un espacio expositivo de talla mundial que insiste en retrasarse. El potencial de Valdivia para perfilarse como un foco de pensamiento artístico en época de filosofías post naturales se hace evidente. Las voces finales parecen mezclarse al unísono: Valdivia se merece una Bienal de Arte Contemporáneo.

Fuente: Artishock Revista

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